Starlink se consolida como uno de los elementos más temidos de la guerra en Ucrania
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SSUAV Dron 2026-01-29 17:46:03
Starlink se ha convertido en un elemento clave para los ejércitos y los conflictos modernos. No es un misil, ni un dron, ni un sistema de artillería, pero su impacto en el campo de batalla es ya comparable al de cualquier arma estratégica. La red de satélites de SpaceX, diseñada originalmente para ofrecer internet en zonas sin cobertura, ha terminado integrándose de lleno en la guerra de Ucrania, primero como herramienta defensiva y ahora, según denuncian fuentes ucranianas, como un recurso ofensivo utilizado también por Rusia.
Desde el inicio de la invasión en febrero de 2022, Starlink ha sido fundamental para Ucrania. El país llegó a operar más de 50.000 terminales activas, empleadas por el ejército, la administración y los servicios de emergencia para mantener comunicaciones seguras cuando la infraestructura terrestre era destruida o interferida (Wired, 2023; El País, 2024). Gracias a esta red, Kiev pudo coordinar unidades, operar drones y sostener su esfuerzo militar en momentos críticos del conflicto.
Operaciones rusas bajo Starlink
Sin embargo, ese equilibrio tecnológico podría haberse roto el pasado 24 de enero, cuando la inteligencia ucraniana detectó un uso inédito de drones de ataque rusos. Según explicó Serhii Beskrestnov, asesor del Ministerio de Defensa ucraniano y experto en guerra electrónica, varios drones Shahed fueron guiados con control manual y vídeo en tiempo real, sin rastro de repetidores de radio ni infraestructura convencional en las inmediaciones. La conclusión técnica fue clara: el enlace de control procedía del espacio, a través de la red Starlink (El Confidencial, 28/01/2026).
Este detalle no es menor. La mayoría de sistemas de defensa electrónica están diseñados para interferir señales de radio tradicionales. Un dron conectado directamente a un satélite, mediante un enlace cifrado y direccional, es mucho más difícil de bloquear. Esto permite ataques a baja altura, desde largas distancias y con mayor precisión, reduciendo drásticamente la eficacia de las contramedidas habituales.
Los datos refuerzan la preocupación.
Informes posteriores señalan que Rusia ha comenzado a integrar terminales Starlink en plataformas más avanzadas, como el dron BM-35, capaz de alcanzar objetivos situados a más de 80 kilómetros detrás del frente y con una autonomía potencial de hasta 500 kilómetros, dependiendo del punto de lanzamiento (Kyiv Post, 2026). En la práctica, esto amplía de forma significativa el alcance operativo de los ataques sin necesidad de una infraestructura de comunicaciones en tierra.
Intervenciones invisibles en un mundo de intereses
La paradoja es evidente. Starlink no se comercializa oficialmente en Rusia debido a las sanciones internacionales, pero múltiples investigaciones han documentado la presencia de terminales en zonas ocupadas y en manos de fuerzas rusas, introducidas a través de terceros países o mercados paralelos (El País, 2024). SpaceX tiene la capacidad técnica de bloquear dispositivos concretos, pero hasta ahora no ha logrado —o no ha querido— impedir por completo su uso en el bando invasor.
El debate va más allá de Ucrania. Analistas militares coinciden en que Starlink actúa como un multiplicador de poder, una infraestructura que no dispara, pero que permite disparar mejor, más lejos y con mayor eficacia. A diferencia de un arma convencional, no puede destruirse fácilmente ni pertenece a un Estado, sino a una empresa privada con alcance global.
El propio Elon Musk ha insistido en varias ocasiones en que Starlink no debe emplearse como arma y ha reconocido haber limitado su uso en determinadas operaciones militares (Wired, 2023). Aun así, la realidad del frente demuestra que la frontera entre tecnología civil y militar es cada vez más difusa.
En la guerra del siglo XXI, el dominio ya no depende solo de tanques o aviones, sino de quién controla laconectividad, los datos y el acceso al espacio. Starlink se ha convertido, sin pretenderlo, en una de las herramientas más temidas del conflicto: no por lo que destruye directamente, sino por todo lo que hace posible. Y eso plantea una pregunta incómoda que seguirá creciendo: ¿qué responsabilidad tienen las empresas tecnológicas cuando su infraestructura decide el curso de una guerra?
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